La llorona que habita en mí

Y no. No voy a escribir sobre “la llorona” esa de la que existen infinidad de cuentos de camino. Esta vez la llorona soy yo. No sé si es la edad, la vida, las circunstancias, el exceso de dramas en Netflix, el azúcar, pero algo me lleva en el camino del llanto sin motivos. Con algo de ayuda casi concluyo que tiene que ver con el azúcar en las tardes y sus efectos en el estado de ánimo. Pero la verdad es que, con azúcar o sin ella, soy de lo más lloroncita. Lloro por lo que me afecta, por lo que le afecta a los demás, por lo que le afecta a la gente en las películas, por lo que me cuentan de terceros. En fin. Una llorona social.

Ya me da hasta vergüenza que alguien me esté contando algo sobre su vida o sobre la vida de gente que ni conozco y se me comiencen a aguar los ojos. Lloro por lo que escucho en la radio, por coraje, de felicidad…hasta si me dicen “esto te va a dar ganas de llorar” y antes de que empiece el cuento, ya estoy llorando. La de veces que me preguntan ¿Vas a llorar por eso? o ¿En serio estás llorando? Pues sí. No lo puedo evitar.

He revisado mi vida de arriba hacia abajo y, aunque ciertamente hay cosas que podrían causarme tristeza y situaciones que han marcado mi vida, la verdad es que me considero “normalmente feliz”. Fuera del asunto del azúcar, que, como mencioné, podría estar influyendo en mi estado de ánimo, lo otro que se me ocurre pensar es que lo llevo en la sangre.

Los Burgos de mi familia son bien llorones

Esta es mi segunda conclusión. Que lo de llorona lo llevo en la sangre. Papi es un llorón, mis tíos, primos y hermanos también.  Somos una familia feliz pero llorona. Ellos lloran por los enfermos, por los que se nos adelantan al otro plano, en las fiestas luego de par de palos, en los velorios, viendo televisión, en Año Nuevo, en Navidad, en Reyes. Por todo lloramos. Claro, las copitas nos hacen más llorones de lo normal pero, con o sin alcohol, lloramos.

Mi abuelo Cecilio, quien era el papá de mi papá, lloraba a menudo. Recuerdo que una vez estábamos comiéndonos unas sopas de leche que preparaba mi abuela a media tarde y de momento él salió llorando. ¿Qué te pasa abuelo? pregunté pensando que algo grave pasaba. Resulta que por alguna razón, en ese momento recordó que cuando conoció a mi abuela a los 13 años, abuela solo tenía un par de zapatos y, rápido que comenzaron a vivir juntos él le compró más zapatos. Decía que le daba pena (cincuenta y pico de años más tarde)  que abuela no hubiera tenido más zapatos cuando niña. La cara de mi abuela valía oro en ese momento y enseguida le reclamó qué hacía preocupándose por eso a estas alturas, que se comiera la sopa y dejara de llorar.  Mi abuela no era llorona. Todo lo contrario. Era el roble de la familia. La que repartía fuete. La que secaba todas nuestras lágrimas. (Donde quiera que estén abuela y abuelo, los amo) (Se me acaban de salir algunas lágrimas escribiendo esto).

El discurso de abuelo me conmovió. No sé si me dio más pena saber que abuela, medio siglo antes solo tenía un solo par de zapatos, o que abuelo recordara eso con tristeza. ¿Y adivinen quién comenzó a llorar? Obvio. Lo llevo en la sangre. Entonces abuela se sacó un coño y dejamos de llorar los dos. Pero era tierno mi abuelo. Tenía un colmado y ante cada cuento de vecino sin dinero, no dudaba en fiar. Luego entraba a la casa y se le salían las lágrimas cuando nos hacía el cuento.

Las vueltas en la escoba me exponen al dolor ajeno

Mirar la vida desde arriba, despojándote de quién eres para ponerte en el lugar de los demás no es fácil. Sufrir el dolor ajeno es terrible. Algunas personas, queriendo o no, nos llevamos los problemas de los demás y los analizamos tratando de encontrarle una solución. Solución que a veces no existe. Y esa frustración de no poder hacer nada, la impotencia de no ser útil, la frustración de lo inevitable, te consume y muchas veces sale por los ojos, convertidas en lágrimas.  Y no se trata de una condición médica ni nada de esas cosas. Como jode que te digan “busca ayuda”. ¿Por qué? ¿Por ser un poco más sensible? ¿Por preocuparte un poco más? Pues no. Los menos que necesitamos buscar ayuda somos nosotros.

He llegado a decir que tengo alergias para no admitir que algo que a nadie más le dio pena, a mí me hizo hasta llorar. Así que ante esta realidad de andar de llorona social, solo me queda aceptar que soy así y los que me quieren tendrán que bregar con eso. Ademas dicen que llorar purifica y sana el alma. Así que andaré por ahí, en mi escoba mirando a todos lados, llorando de vez en cuando pero con el alma pura. Y si a usted le pasa como a mí, no sienta vergüenza. Súbase a la escoba de vez en cuando para que la brisa le seque las lágrimas que aquí no ha pasado nada.

Súbase a la escoba

 

3 thoughts on “La llorona que habita en mí

  1. Te entiendo, soy como tu. Y sabes que? Sigamos llorando. Somos sensibles, nos desahogamos, y quien sabe que otras cosas logramos en este valle de lagrimas. Saludos!

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  2. Lo defino como una persona con gran corazón, humanidad y gran sensibilidad. Necesitamos mas personas como tú. A seguir volando y concienciando al mundo!

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  3. Ayyy Lourdes lee esto y me veo reflejada. Lo mucho que molesta que le digan a uno: estás deprimida? Hello es bonito tener empatía con los demás y llorar no es de débiles.

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