Mirando “desde mi escoba“
Casi siempre que hablamos de la familia, mencionamos a los padres, los hijos, los abuelos, los hermanos, los tíos, los primos… incluso a los amigos que se convierten en familia. Pero muy pocas veces mencionamos a los cuñados y las cuñadas. Esas personas que, sin tener un lazo de sangre, muchas veces terminan formando parte del núcleo más cercano, más cómplice, más dispuesto.
Los cuñados y las cuñadas están ahí en momentos clave: en las celebraciones familiares, en las reuniones improvisadas, en los mensajes de grupo donde se coordina la cena, el cumpleaños o quién lleva qué al compartir. Pero también están cuando más se necesitan: en la crianza, en los desvelos compartidos, en las decisiones difíciles, en los silencios que dicen más que las palabras.
Claro, como con cualquier relación familiar, no todos tienen una experiencia positiva. Pero no es mi caso. A mis 16 años conocí lo que realmente significa tener cuñados. Desde entonces, tanto los hermanos de José, mi esposo, como los esposos de mis propios hermanos, se han convertido en una parte esencial de mi vida. No los distingo de los hermanos de sangre. Los quiero como tal. Me han acompañado, me han apoyado, me han hecho reír y también llorar, pero siempre desde el amor y la complicidad.
Hace una semana, me tocó despedir a una de mis cuñadas. Su partida me sacudió profundamente. Durante los actos fúnebres, entre abrazos y recuerdos compartidos, me sorprendí reflexionando sobre lo mucho que aportan esas personas que rara vez reciben un reconocimiento explícito. Su vida fue, sin duda, un ejemplo para todos. Su generosidad, su fuerza y su cariño dejaron huella en quienes tuvimos el privilegio de tenerla cerca.
Este pensamiento me removió algo por dentro. Me hizo querer regresar a este rincón que tanto disfruto: Desde mi escoba. Porque a veces, basta una despedida para recordar lo importante que es mirar con detenimiento a quienes nos rodean, agradecer lo cotidiano, lo silencioso, lo constante.
Este escrito no pretende ser otra cosa que un homenaje. Un pequeño recordatorio para mirar con gratitud a esas cuñadas y cuñados que muchas veces sostienen, acompañan, ayudan y quieren, sin esperar nada a cambio. Porque familia también es eso: quienes eligen quererte y estar, aunque no vengan en tu árbol genealógico.
Ojalá tú también seas de los afortunados que tienen cuñados y cuñadas que se quieren como familia. Y si es así, díselo. Nunca es demasiado pronto para agradecer el cariño verdadero.
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Publicado desde mi escoba,
2 de julio de 2025.