¡Estoy de regreso! Han sido semanas de vuelos interesantes desde mi escoba, cambios en rutina, nuevos retos, pero estoy de vuelta. Ansiosa por compartir muchas cosas, pero comencemos con esta experiencia que estoy segura han vivido algunas de ustedes.
Hace unos días llegué a una charla como participante y, por atender una llamada importante, cuando entré ya había comenzado. Los únicos asientos disponibles estaban en las primeras filas y la entrada al evento era por la parte de atrás del salón, por lo que comencé mi desfile hasta encontrar un asiento. En mi intento por llegar a la silla solo se escuchaba a la persona que ofrecía la charla, mis pasos, y el escándalo en mi cartera. La gente me miraba. Consciente de que la mezcla sonora entre las aspirinas, las TUMS, las mentas, las llaves, los bolígrafos, el sacacorchos, el cargador portátil, el perfume, la crema de manos, el “pendrive”, y otras cositas más, estaban interrumpiendo, decidí cargar la cartera tipo abrazo. Así que emprendí el resto del viaje hasta la primera silla disponible aferrada a la cartera como si llevara un bebé en brazos. No logré evitar el sonido, pero disminuyó. Me senté abrazada a la cartera por miedo a que lo que llevaba en el interior se acomodara e hiciera más ruido.
Con mi cabeza en alto comencé a prestar atención. Aprovechaba los momentos en que la gente se reía para ir soltando poco a poco la cartera hasta que logré colocarla en la silla de al lado que estaba vacía. Qué sensación de alivio. Pero no me duró mucho. Llegó alguien que, habiendo otras sillas disponibles se antojó de sentarse justo donde estaba mi cartera. Así que la levanté y volví a abrazarla porque hace un tiempo les había comentado por aquí que no soy supersticiosa, pero por si acaso, no coloco la cartera en el piso.
Para que tengan una idea, estamos hablando de una cartera que no es proporcional a mi cuerpo, o sea, que al abrazarla estando sentada me puede llegar hasta la quijada. Incómodo. Más aún cuando además de abrazarla casi no respiro con tal de que no suene. Y así estuve el resto de la charla, apegada a mi cartera y aprovechando cada momento en que la gente reía para respirar. Pero luego sucedió algo aterrador. ¡Tenía que ir al baño! Un baño que estaba en la entrada que en ese momento representaba como 15 millas de distancia en mi mente. Entonces me dije, “tienes que aprovechar el próximo momento jocoso y pararte rápido, abrazar la cartera y salir”. Pero para mi desgracia el conferenciante había agotado sus momentos graciosos. Aguanté. Ya no me podía concentrar más. Así que me aferré con fuerzas a mi cartera como si mi vida dependiera de ella, la apreté contra mi pecho y salí.
Esa tarde estuve en un evento y reviví el asunto del escándalo en la cartera, por lo que al llegar a casa decidí evaluar el contenido y determinar qué realmente necesito tener en la cartera porque no estaba dispuesta a pasar más vergüenzas. Difícil. ¡Lo necesito todo! Pero como estaba dispuesta a mejorar, luego de una profunda reflexión y análisis, eliminé algunos bolígrafos. Puedo vivir con cuatro.