No todas las historias sobre vecinos son tan terribles como la mía con el, o lo que sea que me ha tocado de vecino.
Las amigas de mi mamá son solo dos. Al menos que yo conozca. Y son sus vecinas. Pero qué afortunada es mami con esas dos amigas. Nunca salen a ningún lado. Toda su relación es entre sus casas. Mami casi no puede caminar, por lo que son ellas las que la visitan y pasan un buen rato conversando. Originalmente eran tres amigas, pero una de ellas murió de cáncer hace algunos años. Frecuentemente escucho a mami lamentar que Virginia no está, o que le hace falta. Con Virginia se sentaba en el balcón todas las tardes, pero desde que murió me percaté que mami dejó de sentarse en el balcón.
Cuando llegué a casa de mami luego del huracán con la preocupación de que estuvieran bien, ellas estaban allí, ayudando a mami y a papi. Decían que la casa de mami era el refugio y allí compartían todo lo que tenían hasta que era hora de irse por el toque de queda o porque ya estaba cayendo la noche. Se dieron apoyo durante casi un año que tardó en llegar la luz. La verdad es que cuando me despedía por las tardes me daba cierto alivio saber que ellas estaban allí. En medio del revolú mami tuvo que ser operada de la rodilla pero en la recuperación se complicó y, de tres días que se supone estaría en el hospital, estuvo casi tres meses. Recuerdo que por las tardes iba a llevar o a visitar a papi y ellas salían a preguntar por mami. “No te preocupes, Pitín (mi papá) se está portando bien. Lo estamos cuidando. ¿Cómo sigue Santa?”, me decían. Una vez mami llegó del hospital, ellas estuvieron allí para recibirla y ayudarnos a llevarla al cuarto. Nos ayudaron en todo. “Vayan a descansar que han hecho mucho. Nosotras nos quedamos”. Nos dijeron ese primer día. Y la verdad es que sí. Estábamos muy cansados. Fueron semanas muy largas y con eso de estar sin luz, complicadas. Ellas escucharon muy bien las instrucciones del terapista y hasta ayudaban a darle las terapias. Le ponían carácter cuando mami no quería continuar. Carácter no. Se le ponían bravas que hasta yo me asustaba y ni opinaba.
En el día a día, y porque desde que tengo uso de razón ellas han sido así, no fue hasta ayer que entendí lo afortunada que es mami con esas amigas y lo bendecidos que somos nosotros de que ellas estén tan cerca.
La próxima semana mami tiene que ser operada de nuevo porque la prótesis se soltó. (No pregunte cómo porque nosotros tampoco entendemos). En medio de los preparativos para este nuevo proceso, ayer le comentaba a mami sobre los planes que mis hermanos y yo estamos haciendo para cuidarla tanto en el hospital como en su recuperación (porque ella necesita saber los detalles y jode para que le digamos quién hará qué, aunque terminemos haciendo otra cosa). Le conté en detalle qué días estará cada uno de nosotros con ella y entre charla y charla, le daba ánimo porque sé que está nerviosa. Luego de detallar el plan, y decirle incluso que no descartamos conseguir ayuda de alguien que la ayude cuando no estemos, me dice, “pero recuerda que están Basy y Rosita, y a ellas les gusta ayudarme, para que las cuentes y le vayan diciendo cómo va todo”. La verdad es que todos somos afortunados de tenerlas.
Y fue en ese momento que pensé, y le dije a mami, “eres tan afortunada de tenerlas como amigas y vecinas. Ya quisiera yo cambiar el loco que me tocó por vecino por una de ellas. Así que le dije: “Oye mami ¿Y si cambiamos de vecinos?”. Su respuesta: “Mira a esta. No me jodas, que eso no es negocio. Me dejas a mis vecinas tranquilas”. Y así comprendí que no todos tenemos la suerte de mami y salí volando, escoba en mano, antes de que el insulto fuera más grande.