La felicidad
Pasé un fin de semana espectacular con mi familia, lo que no es raro porque solemos pasar mucho tiempo juntos. Pero esta vez pasamos mucho tiempo en la playa, conversando y sentados en sillitas dentro del agua disfrutando un vinito. Fueron esos días en los que te desconectas del mundo, reflexionas sobre las cosas verdaderamente importantes y reafirmas que la vida es un ratito. Estando con los míos concluyo que uno de los viajes más importantes en mi escoba, son los que voy acompañada por todos ellos.
El pelo y la cara
Para los que disfrutan del mar, saben que el cuidado de la piel y el cabello es bien complicado, particularmente si, como yo, no te gusta andar con sombreros o gorras y se te olvida retocarte el bloqueador solar. Afortunadamente tengo un acondicionador que traje de un viaje a la República Dominicana que es mi salva vidas del cabello. En cuanto a la piel, siempre que llego de la playa uso una crema de colágeno que evita que me pele la cara. Estas dos cremas son mis mejores aliados durante la época de playa.
La burla a la felicidad
El martes por la mañana, con la prisa de que iba tarde a llevar a mami a una cita, invertí las cremas y la de la cara me la puse en el pelo y la del pelo en la cara. ¿Qué les puedo decir? Con el pelo no me dio mucho estrés porque ahí fue que me percaté del error y no llegué a aplicármela completa. Pero la cara…Dios. En la cara me tomé todo el tiempo del mundo dándome masajes por todos lados. Para colmo, me la dejé un rato puesta con la ilusión de que mientras más tiempo, mejores resultados. Todavía siento como si me hubiesen empanado el rostro. Todavía cuando me río paso trabajo levantando los cachetes. Y si le sumo las llamadas de mami ajorando, pues lo que provoqué fue un desastre. Esa bendita crema no salía. Mientras más agua me echaba, más embarre me hacía. Me puse todo tipo de jabón y nada. Ya era muy tarde pero yo no podía irme así. Así que decido meterme a bañar de nuevo porque aquello no iba a salir tan fácil. En el ajoro, porque de esta mami me mataba, me cayó crema en un ojo. ¡Esto se jodió!, pensé. Y así, con un ojo cerrado, comencé a quitarme la ropa y entrar a la ducha. ¡El gorro de cubrirme el pelo no estaba! ¡Qué madre! Obvio que antes de mojarme el pelo, que me habían secado el día anterior, prefería irme con la cara brillosa como goma de carro recién lavado. El bendito gorro estaba en el otro baño. Entonces decidí cruzar medio pasillo como Dios me trajo al mundo para buscarlo. Pero a mitad de camino sentí al que corta la grama en el patio. ¡No puede ser. Las ventanas de mi cuarto, que estaban abiertas, dan al patio y tenía que regresar a ese baño pero estaba esnúa! ¿Qué se supone que haga? Imagínate. ¡Me quería morir!
La brillante idea
Me agaché. Casi arrastrada y viendo por un solo ojo, llegué al baño y lavé como pude el desastre de mi rostro. (4 llamadas de mami perdidas). Emprendí la misión de vestirme a las millas y, ya vestida, cerré las ventanas. Salí volando, busqué a mami y llegamos a su cita. Tarde, pero llegamos. Estuve todo el día con un picor en los ojos, un brillo espectacular en el pelo y un regañito buena gente de parte de mami.
Dos días después. Hoy.
Todavía me pica un ojo. Sin embargo, ahora que puedo pensar detenidamente en todo ese revolú del martes, reflexiono que hace un tiempo atrás, cosas como esta me hubiesen dañado el día. Pero desde que disfruto el viaje en mi escoba, estoy convencida de que estas situaciones son las comas que tiene la vida para poner un freno necesario que está evitando algo. Así que, aunque mami llegó tarde, en realidad llegó cuando tenía que llegar. Todo pasó como tenía que pasar. Pero de todo este cuento, olvídate del pelo y la cara. La bendita duda pensando si el del patio vio algo me atormentará por buen rato.