Yo no me lavo las manos.

Inevitablemente siempre que llega esta semana recuerdo mis días de niña en casa de mis padres donde no se nos permitía hacer casi nada en Semana Santa. El Sábado Santo prácticamente estábamos en silencio, como el que se guarda en una funeraria frente a un féretro.

Aún cuando la vida me ha llevado por caminos muy diferentes a los que mami hubiera preferido, al menos en cuando a tantas exigencias durante esta semana se refiere, la verdad es que, de algún modo, extraño esos días. Pero extraño treparme en el techo de la casa de mis abuelos para ver pasar la procesión mientras abuela y mi tío, quien es el mejor chef que conozco, preparaban delicias en la cocina. Y, contrario a la casa de mi mamá donde ni el televisor se encendía, en casa de abuela el Viernes Santo era un día para compartir en familia. Tal vez porque mis abuelos, que eran espiritistas, tenían otra forma de ver estos días santos. Ellos fueron, y hasta ahora nadie los ha superado,  los mejores seres humanos que he conocido y que conoceré jamás.  Vivían felices, ayudando a tantos como pudiesen. Sin ninguna vergüenza por diferir de nuestras creencias, y no tenían que sentirla, manifestaban su amor y respeto a Dios de formas diferentes a las mías. Nunca fueron a la iglesia, ni a la boda de sus nietas, nunca comulgaron ni mucho menos se confesaron. Nunca recibieron, excepto por la extremaunción, ningún sacramento y,  si siguieron los 10 mandamientos,  fue por pura casualidad. A pesar de esto, nunca conocí otros seres humanos que casi literalmente dejaran de comer para alimentar a otros. Mientras más me enseñaban en la iglesia sobre Jesús, más parecido de Jesús encontraba en mis abuelos.

Eran, de toda la urbanización, me atrevo a decir, los vecinos más preocupados por los demás, los más fieles defensores de los niños que jugábamos en la calle y, teniendo mi abuelo un colmado, colmó de dulces a cuantos pudo. Esto sin contar el dinero que perdió fiando a media urbanización con tal de que todos tuvieran acceso a los alimentos. Nadie se quedaba sin comer por no tener dinero. Abuela preparaba café y almuerzo para todo el que llegara, y nunca faltaba el pan que traía aquella guagua, de esas que ya no se ven y tenían esa grabación: “el pan, el pan de agua fresquecito” . Qué recuerdos….

Nunca faltó el pan en mi casa ni en la casa de mis vecinos, porque todos éramos vecinos de mis abuelos. Tuve la dicha de vivir casi toda mi vida  a cinco casas de mis abuelos y por eso todos mis recuerdos los incluyen. Esos dos seres humanos inigualables que daban todo por los demás, que criaron la mejor familia del mundo con los mejores sentimientos que se puedan inculcar. Valientes, decididos, luchadores de sus derechos y de los derechos de los demás…amables y amorosos, siempre sonrientes. Siempre velando y asegurándose que los niños de la familia estuvieran bien.

Nunca vi en ellos muestra de debilidad y jamás claudicaron en su empeño por ser justos. A pesar de que no compartimos la misma religión, de ellos aprendí lo que hoy me define como persona. De ellos aprendí, y estoy segura que el resto de mi familia también, a enfrentar la vida con valentía, a llamar las cosas por su nombre y a no tolerar las injusticias, particularmente contra los niños, aunque eso me cueste la amistad de algunos y el rechazo de otros. Pero aprendí y vivo convencida, que nada da mejor satisfacción que hacer lo correcto. Que no hay nada mejor que irse a dormir sabiendo que no soy cómplice de nada ni de nadie para hacerle mal a otros. Aprendí que a Dios se lleva en el corazón y que la familia es todo.

Por eso, en estos días en que mucho se habla de Jesús, me pregunto si realmente conozco a muchos Jesús en mi vida, como lo fueron ellos, o si simplemente nos estamos pareciendo más al Poncio Pilato de las películas y,  en vez de ser justos y sacar la cara por los inocentes, como todos los niños que son maltratados por sus padres o rechazados por ser diferentes, y se le niegan oportunidades solo porque no cumplen con los estúpidos estándares sociales inventados por los que viven en la superficialidad del mundo,  simplemente nos sentamos, nos lavamos las manos como Pilato y que otros se encarguen de la “justicia”. “Eso no es asunto mío o yo en eso no me meto” son las frases más mediocres que cualquier ser humano pueda usar para no hacer lo correcto ante algo injusto. Creo que el Jesús que conozco no está cómodo con la forma en que nos comportamos con los niños. Creo que el Jesús que conozco no acepta que “no nos metamos” por evitar problemas porque con esa actitud nos convertimos en parte del problema y nos alejamos más de él. Pero cada cuál que trabaje en su salvación, como decían mis abuelos.  

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Hace tiempo opté por seguir al Jesús que conocí a través de mis abuelos. Por eso este viernes estaré, como cada Viernes Santo, con mi familia. Respetándonos, amándonos, protegiéndonos, perdonándonos, como aprendimos de mis abuelos. Porque eso hacen las familias. Respetando todas las formas en que los demás decidan pasar ese día porque a mí no me corresponde pasar juicio sobre las acciones de los demás. No más faltaba.

Yo opté por llevar a Jesús en mi corazón y en cada una de mis actuaciones, aunque esos actos incomoden a muchos. Quizás es más fácil asumir la posición de Pilato. Quizás es más fácil no meterme, dejar que lo resuelva otro…quizás. Pero en el ratito que tengo en esta vida, porque ya saben que la vida es un ratito, y mientras me queden horas de vuelo en esta escoba de la vida, yo opto por no lavarme las manos…

(Parte de este escrito fue publicado en mi página de Facebook en abril de 2009)

One thought on “Yo no me lavo las manos.

  1. Excelente! Comparto tu visión. Al fin de cuentas no es la apariencia, la dogma ni la creencia. Es mostrar empatía, sensibilidad y compasión; características claves de la personalidad de Jesús. Muchos dicen honrarlo pero no quieren parecerse a El porque eso implica renunciar al egoísmo. Me encantó este escrito!

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