Yo no hubiera sido considerada para Cenicienta porque cerca de las 12:00 de la noche en un party, no podría salir corriendo en zapatos con algo de taco. Es caminando en tacos bajitos y las posibilidades de terminar en el piso son tan altas, que no me quiero imaginar corriendo. Pero pienso que los zapatos de Cenicienta fueron hechos a su medida, cómodos y listos para que, cuando perdiera uno, poder seguir corriendo con estilo. Yo pierdo un zapato, pierdo el balance y seguro voy a rodar por el piso. Lo bueno de esto es que el príncipe me hubiese encontrado rápido, dos escalones más abajo aunque adolorida.
Pero no me tocó ser Cenicienta. Soy del resto de las mortales que tiene que buscar vestido y zapatos para las fiestas a las que me invitan, confinada a las áreas identificadas para petite, pero casi siempre consigo algo que me guste. El problema es conseguir los zapatos. Sí. Esos zapatos altos, bellos, elegantes y seguramente incómodos que combinen con el vestido. Porque no importa si nos provocan bolsitas de agua en los dedos o nos pelan la parte de atrás del pie, lo importante es que nos hagan lucir hermosas en ese vestido que compramos. Si al final terminamos caminando cojas del dolor en los pies, no importa. Es parte del acuerdo social que dicta que el vestido formal va con zapatos altos y, mientras más altos, mejor. Dichosas las que al final de la velada se aventuran a cambiarse los zapatos a unos bajitos para, al menos, no llegar gateando al carro. De las que terminan descalzas no vamos a hablar hoy. Esas merecen una publicación especial.
Pero, ¿Se imaginan llegando a la fiesta con ese mismo vestido y unos tenis? ¿Se imaginan el cuento de Cenicienta en unos Converse? Jamás. Sin embargo, ese no es el caso de los caballeros que, por alguna rara razón, pueden tener el traje más fabuloso con unos tenis de cualquier color y estilo y los encontramos de lo más elegante. Así los vemos desfilar en las galas y así llegan a las fiestas. Jamás los verán cambiarse los zapatos o terminar descalzos en un party por ese permiso social que le ha dado la moda. Esto sin mencionar las medias, si es que usan medias. Y no. No es una crítica a los caballeros. Todo lo contrario. Mis respetos por tan arriesgada pero feliz y saludable decisión de ir cómodos a una fiesta que, si mal no recuerdo, son para pasarla bien. Pero, ¿Cómo se puede pasar bien en una fiesta con unos benditos zapatos que luego de dos horas sientes que se te va a partir la pierna? ¿Quién se puede divertir caminando trinca para no caerse? ¿Quién puede ser feliz en una fiesta en la que nadie tiene curitas para ir poniéndonos cada vez que se nos va quedando el pie en carne viva? Uff, como arden cuando te metes a bañar. Malditos zapatos incómodos.
Pero la angustia no termina ahí. Al día siguiente a penas puedes poner los dedos en el piso y toca caminar como pingüinos por un rato.
Por eso yo bendigo las oportunidades para usar tenis. Además son más seguros manejando la escoba. Y no es que no me agraden las fiestas y las galas, pero este asunto de los zapatos le jode la vida a cualquiera. Hubo una época de mi vida en que soportaba el sufrimiento por pura vanidad y, mientras más alto fuera el taco, mejor. Creo que ganar algo de altura me hacía sentir elegante. Ya he ido bajando un poco, aunque no necesariamente el alto es el problema. Siempre se las ingenian para molestar. Por alguna mala broma del destino, cuando te los mides se sienten cómodos, pero luego de tres o cuatro horas con ellos, te van a torturar. Es como si al pasar las horas se redujeran dos tamaños y donde se supone que quepan cinco dedos, terminas con tres porque dos se acomodaron a la fuerza sobre los otros tres. Entonces si son abiertos al frente te van a pelar la parte de atrás. Eso es seguro. Van a encontrar la forma de joderte la noche. Pobres dedos.
Hace unas semanas fui a una actividad de lo más bonita y, al principio, todo el mundo derechito saludando, socializando y pasándola chévere. Era una actividad tipo cóctel en la que no hay asientos para todos. Gracias a mis zapatos, al par de horas tuve que velar el primer asiento disponible y pasar sentada un rato, por lo que me dediqué a observar. Ya algunas chicas habían acudido al cambio de zapatos y se desplazaban por el salón con una seguridad envidiable. Otras ya comenzaban a caminar con dificultad y unas cuantas lograban acomodarse hasta tres o cuatro en asientos en los que, con dificultad, caben dos. Afortunadamente ninguna terminó descalza. Pero era evidente que la culpa era de los zapatos. Pero sentarse puede ser peor porque luego de que los pies descansan, forzarlos nuevamente a caminar es todo un reto. Necesitas usar tus brazos para lograr balance.
La parte triste de este relato es que no voy a dejar de usar zapatos altos porque reconozco y acepto que soy víctima de esas normas de etiqueta social, aunque a los chicos se les permita romperla. Además queda algo de vanidad en mí que me obliga a ese masoquismo social de usarlos aunque sufra. Por ahora me conformo con haber dado un gran paso al atreverme ir a dar clases los sábados en mis Converse. En cuanto a las fiestas, pues sigo buscando alternativas de zapatos que me permitan llegar feliz al menos hasta la media noche, antes de que la escoba se me convierta en calabaza.