Muy pocas veces, por no decir ninguna, soy víctima de promociones en las tiendas. Mucho menos de maquillajes. En eso admito que soy bastante anticuada y suelo usar las mismas marcas. Sin embargo, en estos pasados días festivos, en una entrada a una farmacia, noté varias mujeres casi metidas dentro de una gran caja. El que se estuvieran riendo y comentando entre ellas con tanta gracia me llamó la atención, así que me dispuse a averiguar qué había en esa caja que causaba tanto furor. Lipsticks. Paso, dije de momento. Pero la alegría de aquellas mujeres era tan grande que se escuchaba en toda la farmacia. Parecía que habían encontrado un tesoro.
Era demasiado contagiosa la risa. Así que regresé y pregunté. Se trataba de unos lipsticks que podían durar hasta 24 horas luciendo acabados de poner. ¿24 horas no es un montón de tiempo? ¿Pero no sale cuando tomas o comes algo? pregunté a la chica que atendía a la multitud. “No. Este lo tengo puesto desde esta mañana y está como acabado de poner. Y están a mitad de precio. Aprovecha”. Coño que cool, pensé. Yo quiero un coso de esos. Y así, me convertí en parte de aquel grupo de damas “enjocicás” en la gran caja y me metí de cabeza a buscar uno que me quedara bien. Además de anticuada con esto de los maquillajes, suelo ser aburrida en cuanto a color se refiere. Por lo general suelo usar los mismos. Pero esta vez la chica que estaba asesorando a la manada me invitó a usar algo diferente. “¡Es Navidad! Póngase algo diferente, este rosa viejo se le va a ver bien”. Ya estaba demasiada entusiasmada con esta idea de ser parte de la gran masa caza lipsticks que acepté. Compré el rosado y, con la cabeza en alto, salí triunfante de la farmacia.
Entonces me llegó el día de probarlo. Ese sábado, 29 de diciembre estaba muy feliz con mis labios color rosa. Tengo que admitir que me encantaba como me quedaba. Cada vez que lo recordaba me miraba al espejo para confirmar que seguía intacto. ¡Qué buena compra hice! me decía y llegué a compartir con las personas con las que andaba. El lipstick seguía bien. Como acabado de poner.
Pasamos un día espectacular. Al llegar a la casa comencé la rutina previa al baño de quitarme el maquillaje. Las toallitas de quitar maquillaje no estaban funcionando. A esa conclusión llegas luego de usar como 8 toallitas. Así que recordé que tenía una muestra de un removedor de maquillaje de esos que dan con la compra de un perfume. La usé toda. El color rosa viejo seguía en los labios como acabado de poner. Esto no está bien, me dije. Así que regresé a las toallitas. Las terminé. Ya me estaba impacientando y comencé a probar con cuanta crema tenía disponible. Ya me ardían los benditos labios de tanto intento. Maldito lipstick de mierda. Esa era la única frase que me venía a la mente en aquel intento desesperado por quitarme el color de los labios.
La desesperación se apoderó de mí y, mirándome al espejo, comencé a reprocharme por haber caído víctima de la promoción del maldito lipstick. No vuelvo a comprar nada que sea rosa en mi vida, me decía a través del espejo. Tampoco nada que sea duradero. Pero el rosa seguía ahí y el cansancio me estaba pasando factura. ¡No puedo irme a dormir con los labios pintados e hinchados! (porque con tanta “estrujaera” ya estaban como si hubiera sufrido una alergia).
¡Ya sé! Me voy a bañar y quizás con el agua caliente me salga. Tres carajos. Me puse hasta jabón y el rosa seguía ahí. Un poco menos, pero ahí. Bah. Me fui dormir. Estaba demasiado agotada peleando conmigo misma. Y amaneció y mis labios menos hinchados, pero con el rastro del rosado que se desvanecía poco a poco. Estuve todo el domingo botando el rosa a fuerza de bálsamo para los labios de lo resecos que ya los tenía.
Hoy fui a maquillarme y por esas bromas del destino, lo primero que vi fue el lipstick. Estás poseído y lo sabes, le dije. Inevitablemente recordé la experiencia y, sin pensarlo, terminó en el zafacón. Yo continuaré con mi aburrida línea de maquillajes, pero a salvo.