Que difícil es el mundo de los 2 x 1 para una persona que trata de ahorrar y llevar dieta a la vez. ¿Cómo se supone que prefiera pagar $8.00 por una copa de vino cuando por $7.00 me puedo tomar dos margaritas porque están a dos por el precio de una? Hoy enfrenté este terrible dilema.
La mesera debió odiarme porque me tomé mi tiempo analizando lo que quería tomar. Obvio que la preferencia era vino. Hasta que a ella se le ocurrió orientarnos sobre el especial ese de dos margaritas por el precio de una. De inmediato lo descarté porque recordé que estoy intentando un tratamiento de esos que salen por las redes sociales en los que, con masajes, te caen casi a golpes para reducir pulgadas y no quiero dañar el progreso. Además, logré bajar una que otra librita y las margaritas podrían echar a perder todo ese esfuerzo. Pero el angelito del hombre derecho me decía, “solo una boba pediría un vino cuando por menos te puedes tomar dos margaritas”. Por otro lado, el angelito del hombre izquierdo me recordaba las palabras de la persona que me da el tratamiento que, cada vez que me pesa o me mide me dice “juiciosa señora Lourdes, juiciosa” (en clara referencia a que tenga cuidado con los excesos de comida y bebida). Y así, como esperando una señal divina, estuve un buen rato pensando qué hacer. La insistencia de la mesera viniendo a la mesa cada minuto a preguntar si estaba lista no me ayudaba concentrarme.
Entonces el angelito imprudente del hombre derecho me decía “no sé por qué lo piensas tanto. Es seguro que no tomarás una sola copa de vino, por lo que terminarás pagando, con ivu y propia más de $20 por dos trapos de copas de vino cuando con eso te puedes tomar ¡cuatro margaritas! Piensa que al final lamentarás más haber desperdiciado $20 que ganar una libra. Par de golpes, digo, masajes más, y recuperas eso. ¡Hello! con $20 casi llenas el tanque de la guagua. Pues es mejor que si los vas a invertir sea en cuatro margaritas y no en dos vinos. Nadie en su sano juicio escogería el vino. Piensa bien antes de pedir”. Buen punto, pensé.
Ya la muchacha había traído las bebidas del resto de las personas de la mesa y yo seguía escuchando esas voces en mis hombros. Decidí buscar ayuda y consultarlo con mis dos acompañantes. Error. Olvidé que caminan de codos y su consejo fue claro: Te convienen las margaritas por el precio, dijeron. Y creyendo que me darían ánimo pensaron que resolverían el asunto con un: pide una ensalada y resuelto. Así las calorías que ganes por un lado las engañas por el otro. “¿Ensalada? Yo tenía otros planes con la comida”. Y ahí escuché la voz nuevamente: “juiciosa señora Lourdes, juiciosa, no importa lo que tome, pida una ensalada”. Ya estaban casi empate los angelitos estos.
¡Qué difícil! Ya tenía que decidirme. Y así, luego de minutos de profunda reflexión, decidí darle más peso al asunto del ahorro y sacrificarme y pedir las margaritas. Me ahorré par de pesos, pero llegué a caminar por el patio, digo, a correr como si me vinieran siguiendo, todo por sentirme menos culpable. Pero el angelito del hombro izquierdo, no conforme con empujarme hacia las margaritas, me dijo: “no coja lucha señora, ya se las tomó, pasó un buen rato y ahorró par de pesos. Aguante el pico mañana y resuelto”. (Como si fuera tan fácil). Ahora ando como alma en pena por toda la casa. Digo, ahora corro como alma en pena por toda la casa. Pero la pasamos bien. Me divertí y, al fin de cuentas, como ya saben, la vida es un ratito. ¡A vivir y salud!