Transformando el dolor en hermosos recuerdos

Mollie

En estos días vi un Golden Retriever y fue inevitable no pensar en Mollie. Para los que no saben, Mollie fue mi perrita por 10 años y murió 10 días después del huracán María por una condición en su columna. La experiencia fue difícil para nosotros. Primero porque no sabíamos que estaba enferma. Segundo, porque dejó de caminar justo el día en que pasó el huracán y nos tocó cargarla hasta el día en que murió. Eso sin contar que no podíamos contactar al veterinario  y nos tocó prácticamente ir por las calles buscando uno que estuviera abierto. Pero lo más difícil, fue obligarme a tranquilizarme para darle ánimo a mi hijo. Era su perrita también y, contrario a los cuentos esos de que una vez llega un perro a la casa toda la responsabilidad recae en una persona, ese no fue nuestro caso. Todos teníamos una responsabilidad con Mollie y Sebastián era quien la alimentaba todos los días.

Era una Golden Retriever hermosa, amable y súper familiar. Era mi chica dorada.

Antes de Mollie no me consideraba una Dog Lover, quizás porque cuando pequeña me mordieron dos perros y esas experiencias no se olvidan. Desde entonces los trataba de lejitos. Pero cuando llegó Mollie a nuestras vidas, poco a poco fui perdiendo el miedo a los perros y ya no temía acercarme a los que veía en la calle. Durante esos 10 años confieso que hubo ocasiones en las que pensé buscarle otro hogar, pues al principio era terrible. Todo lo destruía, ladraba mucho y exigía tiempo. Tiempo que muchas veces no teníamos. Pero te vas encariñando y aceptas que es parte de la familia. Y a la familia se quiere, se respeta, se protege y, cuando mueren, se sufre.

Sé que algunos pensarán que ya pasó un año desde que murió, que lo supere, que no exagere y otras cuantas cosas más. Pero solo los que han tenido un perrito al que han querido como familia, entenderán que no es tan fácil olvidarlos. Particularmente un perro grande, que se paseaba por la casa como uno más de nosotros. Al principio su ausencia se sentía como la de una persona.

La experiencia de haber compartido por tantos años con Mollie nos hizo fortalecer nuestra familia. En estos días la recordábamos con cariño y hasta nos reímos de algunas de sus travesuras. Todavía hacemos cosas pensando que sigue en la casa. Como no dejar zapatos a fuera porque se los llevaba y los enterraba en el patio. (Gracias a eso ya no hay filas de zapatos o tenis frente a la puerta de la marquesina).

En estos días leí un artículo que hablaba sobre el duelo cuando se muere una mascota. De momento me pareció muy fuerte y absurdo que mencionara que era más difícil para algunas personas el duelo de un animal que el de un familiar o amigo. Pero continué leyendo y se refería a que el dolor de la muerte de un familiar o amigo se comparte con el resto de la familia o los amigos y eso hace que la persona pueda expresar sus sentimientos sin temor a ser ridiculizado. Porque la verdad es que, aunque sé que sin mala intención, hubo personas que me decían “Supéralo. Es un perro. Te puedes enfermar”. Y por eso evitaba, y evito, hablar del tema. También he dejado de compartir los recuerdos que casi semanalmente me salen de Mollie en Facebook. Porque entendí que las personas que sufrimos la muerte de un perrito y lo recordamos, podemos ser terriblemente juzgadas.

Pero poco a poco va menguando el dolor. He dejado de llorar cuando me salen sus recuerdos. Ya hablamos de ella y nos reímos. Va pasando y van quedando los lindos recuerdos. Confieso que no estoy muy segura de querer tener otro perrito. Me encantaría. Lo conversamos a menudo. Pero esta experiencia con Mollie, quererla tanto y que se muriera de repente, nos sacudió a los tres. Y me darán por loca, pero la razón principal para tener dudas, es que sé que igual va a morir. Y no quiero volver a pasar por eso. Sí. Lo sé. Es una excusa tonta pero es mi razón poderosa para no querer otro. Al menos no por ahora.

Pero de lo que sí estoy segura, es que todas las familias deben darse la oportunidad de tener un perrito en sus vidas, aún sabiendo que algún día morirán.  Convivir con un perrito, e imagino que con un gatito también, es una experiencia maravillosa. Los quieres mucho, pero es obvio que ellos te quieren más.  Y creo, que hasta nos hacen mejores personas. Yo agradezco a Dios por Mollie, por esos 10 años llenos de innumerables anécdotas, por cada dolor de cabeza que me causó, por toda la ropa y zapatos que desapareció, por todas las matas que rompió y por cada uno de los hoyos que todavía quedan en el patio.

Quiero creer que hay un cielo para perritos y que está feliz. Nos queda su recuerdo y la gran satisfacción de haberle dado tanto amor.  Convencida de eso, ya voy transformando el dolor en recuerdos. ¿Que me ha tomado más de un año? Pues sí. Pero cada quien lo maneja como puede y se toma el tiempo que necesite.  Lo mejor, y mi mayor avance, pude escribir esta nota sin llorar. #MiChicaDorada

 

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