¡Lo sabía! Es esa frase de satisfacción que se siente cuando validamos que estábamos en lo correcto ante una sospecha o un presentimiento.
Hace tiempo aprendí a confiar en eso que nos dice “ten cuidado”. Soy de las que no necesita estar mucho tiempo con una persona para saber si es confiable o no. La mayoría de las veces no me equivoco con lo primero que intuyo. El tiempo termina dándome la razón.
He sido afortunada porque por alguna cuestión de suerte, suelo rodearme de personas buenas. Pero en esos casos en que la vida se divierte, y de qué manera, poniéndome de frente a gente con intenciones cuestionables, lo percibo. Y no importa cómo luzcan o cómo se comporten o cuán amables se proyecten, si son malas personas, lo intuyo. Es algo con lo que creo que nacemos. Y a eso, como se llame, la vida me ha enseñado que hay que hacerle caso.
Seguramente muchas veces han dicho: “Es que yo no me equivoco con la gente”. Pues si ya sabe que puede confiar en su intuición, que ese “algo” le advirtió que tuviera cuidado, ¿para qué arriesgarse?
En algún momento de mi vida solía advertirlo. Cuando una persona no me inspiraba confianza me aventuraba a decirlo, que había que tener cuidado. Pero pagaba un precio muy alto por tal exceso de convencimiento. Al menos antes de que esa persona dejara ver quién en realidad era. Me acusaban de exagerada o de injusta. Así que esa experiencia me llevó a ser un poco egoísta y a comenzar a reservarme mi intuición y dejar que la vida siguiera. A fin de cuentas, con que yo sepa que no puedo confiar, es suficiente para mí. Desde entonces me limito a fluir y a observar, dándole la oportunidad al tiempo para que se encargue de develar las intenciones de la gente. Claro, hay unas excepciones. Cuando este instinto me molesta o me incomoda, me arriesgo y lo digo, “ten cuidado”.
Muchas veces he querido convencerme de que estoy mal sobre lo que siento o pienso por alguien, porque en realidad quiero darle esa oportunidad para conservarlos en mi vida. Pero al final sus acciones terminan dándole la razón a mi intuición. Por eso, si desde el primer día asalta el presentimiento de que algo no está bien, por más oportunidades que demos, el que es mala persona, con mucha seguridad seguirá siendo mala persona. Entonces es ahí donde decidimos si estamos dispuestos a mantenerlos cerca, o si es momento de alejarlos o de tratarlos de lejitos. Por eso estoy convencida de que es la primera intuición la que cuenta. En el momento en que “algo” nos dice “no confíes”, debemos comenzar a darnos la oportunidad de creer en eso que sentimos y no hacerlo. Me está funcionando muy bien.